Los orígenes de la vida monástica se remontan a tiempos precristianos, con ejemplos como los esenios1. Sin embargo, las primeras fundaciones monásticas cristianas de las que se tiene conocimiento definitivo surgieron en el Egipto del siglo IV. Estas comunidades inicialmente consistían en grupos de chozas dispuestas alrededor de un monje solitario de gran santidad, al que se unían discípulos deseosos de aprender y emular su estilo de vida1.
El monacato primitivo adoptó dos formas principales:
Eremítico o anacorético: Una vida de total soledad, de la cual derivan los términos «monje» (del griego monachos, «solitario») y «anacoreta» (del griego anachoritēs, «el que se separa del mundo»)2. San Antonio es reconocido por organizar esta forma de vida comunitaria eremítica alrededor del año 305 d.C. en la Tebaida3.
Cenobítico o conventual: Una vida en comunidad bajo la dirección de una regla y un superior2. San Pacomio instituyó este tipo de monacato fundando su primer cenobium o monasterio conventual en Tabennae, en el sur de Egipto, alrededor del mismo período3,2. Él ideó la reunión de monjes en una comunidad (koinobion en griego, «vida común») que compartía un único edificio llamado monasterio (monastērion o monē en griego)2.
Ambos sistemas se extendieron rápidamente por Egipto, Palestina, Siria, Mesopotamia y Asia Menor3. A mediados del siglo IV, el monacato llegó a Europa3.
El desarrollo en Occidente
El desarrollo del monacato en Occidente se debe en gran medida a San Benito (480-543 d.C.)1. Su Regla se difundió rápidamente, y entre los años 520 y 700 d.C., se fundaron un gran número de monasterios en Inglaterra, Francia, España e Italia1. Antes del Concilio de Constanza en 1415, se habían establecido más de 15.000 abadías que seguían la Regla Benedictina1.
Originalmente, los monasterios no seguían un plan de construcción especial, sino que copiaban las casas o villas romanas1. Con el tiempo, la expansión de la vida monástica llevó a grandes cambios en el modelo de la villa romana, ya que las diversas actividades de los monjes requerían edificios adaptados que se erigían según surgía la necesidad1.

