La historia de Abel se narra en el capítulo 4 del Génesis1. Abel fue el segundo hijo de Adán y Eva, nacido después de Caín2,1. Mientras Caín era labrador, Abel se dedicó a ser pastor de ovejas2,1.
En un momento dado, tanto Caín como Abel presentaron ofrendas al Señor. Caín ofreció frutos de la tierra, mientras que Abel presentó los primogénitos de su rebaño y lo mejor de ellos, es decir, sus porciones grasas2,1. Dios miró con agrado la ofrenda de Abel, pero no así la de Caín2,1. La Escritura no especifica la razón exacta de la preferencia de Dios por la ofrenda de Abel3. Sin embargo, la tradición católica, basándose en 1 Juan 3:12, sugiere que las obras de Abel eran justas, mientras que las de Caín eran malvadas2. La aceptación de la ofrenda de Abel se atribuyó a su generosidad y amor, ofreciendo lo mejor de lo suyo, a diferencia de Caín, quien simplemente ofreció «frutos de la tierra» sin una calificación de su calidad o la actitud de su corazón2. San Pablo, en 2 Corintios 12:14, refuerza la idea de que Dios busca al oferente, no solo la ofrenda2.
La desaprobación divina hizo que Caín se enojara profundamente y su semblante decayera3,1. Dios advirtió a Caín sobre el pecado que acechaba a su puerta, instándolo a dominarlo3,1. A pesar de la advertencia, la envidia y la ira de Caín prevalecieron3. Caín invitó a su hermano Abel al campo y allí lo mató3,1. Este acto marcó el inicio de la violencia homicida en la historia humana, una consecuencia del pecado original3,4.
Después del asesinato, Dios confrontó a Caín, preguntándole por Abel. Caín respondió de manera evasiva: «¿No lo sé? ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?»1. La respuesta de Dios fue contundente: «La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra»5,1,4. Como castigo, Caín fue maldecido de la tierra y condenado a ser un fugitivo y errante6,1.

