El concepto de abnegación encuentra su base más sólida en las enseñanzas de Jesucristo, quien instruyó a sus discípulos: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16,24)1. Esta enseñanza central del Evangelio invita a todos los fieles a un camino de renuncia que no es meramente una privación, sino una reorientación radical de la vida hacia Dios2.
La abnegación implica una negación de sí mismo en el sentido de abandonar lo que éramos «por el hombre viejo» y esforzarse por lo que somos llamados a ser «por el hombre nuevo»2. No se trata de odiar la propia vida en un sentido destructivo, sino de resistir los deseos carnales y las complacencias de la carne para que prevalezca el espíritu sobre la carne, la razón sobre las fantasías y la voluntad sobre los instintos3,2.
Jesús mismo dio el ejemplo supremo de abnegación al someterse a la voluntad del Padre, diciendo: «He aquí que vengo… para hacer tu voluntad, oh Dios» (Hb 10,7.9)4. Su obediencia hasta la muerte en la cruz fue una ofrenda total, que reparó nuestra desobediencia y nos comunicó el don de la libertad real5,6. Los cristianos están llamados a unirse a este sacrificio de Cristo, haciendo de sus propias vidas una ofrenda a Dios7.
