La historia de Abraham comienza con un llamado divino que irrumpe en su vida. Dios le pide que abandone su tierra natal, Ur de los Caldeos, su parentela y la casa de su padre, para ir a una tierra que Él le mostrará1,2,3. Este llamado implica una ruptura radical con su pasado y una entrega total a una promesa aún desconocida2,4. Abraham responde con una obediencia de fe, saliendo sin saber adónde iba, confiando únicamente en la palabra de Dios2,5.
Dios establece una alianza con Abraham, que tiene tres promesas principales6,7:
La promesa de la tierra: Dios promete a Abraham y a su descendencia la posesión de una tierra específica, «desde el río de Egipto hasta el gran río, el río Éufrates» (Gn 15, 18)1,6.
La promesa de una descendencia numerosa: A pesar de su avanzada edad y la esterilidad de su esposa Sara, Dios le promete que sus descendientes serán tan numerosos como las estrellas del cielo2,8. Esta promesa se cumple de manera milagrosa con el nacimiento de Isaac9,5.
La promesa de bendición para todas las naciones: En Abraham, todas las naciones de la tierra serán bendecidas6,3. Esta es una dimensión universal de la alianza, que anticipa la salvación ofrecida a toda la humanidad a través de Cristo10.
Esta alianza marca un nuevo comienzo en la historia del pueblo de Dios, sentando las bases para la posterior revelación a Moisés y los profetas8,7.

