La Acción Católica no designa una organización idéntica en todos los países. El nombre engloba realidades diversas, adaptadas a las circunstancias culturales, sociales, políticas y religiosas de cada Iglesia particular. El Concilio Vaticano II reconoce precisamente que estas asociaciones pueden adoptar formas y denominaciones distintas según las necesidades de cada pueblo, sin perder por ello sus características esenciales.1
Su naturaleza puede resumirse en cuatro elementos:
- Finalidad apostólica directa: la evangelización, la santificación de las personas y la formación de una conciencia cristiana capaz de impregnar la sociedad con el espíritu del Evangelio.
- Responsabilidad real de los laicos: los fieles laicos aportan su experiencia, participan en la dirección de las organizaciones y colaboran en la elaboración y ejecución de los proyectos pastorales.
- Acción asociada y orgánica: los miembros actúan conjuntamente como un cuerpo organizado, no como una suma de iniciativas aisladas.
- Comunión especial con la jerarquía: la asociación trabaja en unión con el obispo y bajo la dirección pastoral de la jerarquía, que puede reconocer explícitamente dicha cooperación mediante un mandato.1
La Acción Católica pertenece, por tanto, al ámbito del apostolado de los laicos, pero no se reduce a cualquier actividad parroquial, social o caritativa realizada por cristianos. Su rasgo propio consiste en asumir, de manera asociada y estable, la finalidad apostólica general de la Iglesia.


