La Acción Católica tiene sus raíces en los movimientos laicales que surgieron en el siglo XIX, en respuesta a los desafíos sociales y religiosos de la época. Si bien sus inicios pueden remontarse a la segunda mitad del siglo XIX, con el surgimiento de asociaciones católicas dedicadas a la caridad, la educación y la defensa de la fe, fue bajo el pontificado de Pío XI que la Acción Católica recibió su impulso más vigoroso y su ordenamiento orgánico1. El Papa Pío XI, junto con Pío XII, la concibieron como un instrumento fundamental para la penetración del pensamiento cristiano en todos los sectores de la vida2.
El Concilio Vaticano II reconoció explícitamente la Acción Católica entre las formas de apostolado asociativo, destacando su vínculo estrecho con la jerarquía3. Este vínculo ha sido una de las principales razones de los abundantes frutos que ha producido en la Iglesia y en el mundo a lo largo de su historia3.
Desarrollo en Italia
La Acción Católica Italiana ha tenido una historia centenaria, marcada por su compromiso con la colaboración con la Santa Sede y el Episcopado4. Nació en un período delicado para las relaciones entre la Sede Apostólica y la nación italiana, demostrando que se puede profesar un profundo amor a la Iglesia y un leal respeto por la patria5.
A lo largo de los años, ha sido un centro de continuo interés para la Iglesia y la Santa Sede6. Sus programas de animación cristiana han sido su fuerza motriz desde sus orígenes, promoviendo la articulación del laicado en la Iglesia y preparando el florecimiento que el Concilio Vaticano II trajo en este campo4. La Acción Católica Italiana ha formado a miles de fieles que han constituido el tejido conectivo de la comunidad eclesial italiana, siguiendo el lema «Oración, acción, sacrificio»4.
En 1968, al conmemorar su centenario, el Papa Pablo VI miró al presente y al futuro de la Acción Católica, destacando su coherencia sustancial y rectilínea, y cómo el Concilio había «canonizado» su definición, insertándola en el diseño constitucional y el programa operativo de la Iglesia como una actividad y un organismo de laicos7. En 1977, el Papa Pablo VI instó a los obispos de Campania a que la Acción Católica recuperara vigor y atrajera a almas generosas, espíritus jóvenes y fuertes, hombres y mujeres de pensamiento y acción, para la animación cristiana de la sociedad moderna, enfatizando la necesidad de una formación espiritual auténtica, profunda, fuerte y serena8.
Juan Pablo II, en varias ocasiones, elogió la Acción Católica Italiana por sus más de cien años de historia, sus ejemplos de compromiso apostólico, vida espiritual profunda, sacrificios y heroísmos5. En 1987, al dirigirse a la Acción Católica de Roma, destacó la necesidad de personas generosas que supieran actuar con decisión y alegría por el Reino de Dios9.
La Acción Católica Española
La Acción Católica Española también ha sido un movimiento significativo, especialmente en sus secciones juveniles. El Papa Pío XII, en varios mensajes radiales, se dirigió a las jóvenes de la Acción Católica Española, alabando su piedad y su espíritu de sacrificio10,11.
En 1948, el Papa Pío XII felicitó a los jóvenes españoles de Acción Católica, junto con las Congregaciones Marianas y la juventud de América, por su organización y entusiasmo, llamándolos a proclamar la «sublime locura de un Dios crucificado» y a forjar una cristiandad ejemplar12. En 1951, con motivo de las bodas de plata de la Sección Femenina de la Juventud de Acción Católica, el Papa Pío XII las animó a seguir adelante con su piedad, llevando un «aura de espiritualidad» a todos los ámbitos de la vida, y a luchar por la santificación de la joven española para que de ellas surgieran las madres cristianas del mañana10. Cuatro años después, en 1955, en el 25 aniversario de la Asociación de Jóvenes Mujeres de Acción Católica de España, Pío XII se refirió a ellas como «flores agitadas por una brisa suave», destacando su número (más de ciento veinte mil) y la fidelidad inquebrantable a la Cátedra de Pedro11.

