El término «acólito» proviene del griego akolouthos y del latín sequens o comes, que significan «seguidor» o «acompañante»1. Este ministerio tiene raíces antiguas en la Iglesia, con la primera mención documentada de acólitos en una carta del Papa Cornelio en el año 2511. En los primeros siglos, los acólitos eran clérigos promovidos a la cuarta y más alta de las órdenes menores en la Iglesia Latina, justo antes del subdiaconado1,2.
Históricamente, los acólitos desempeñaban un papel crucial en las ceremonias litúrgicas romanas. Llevaban el crisma sagrado, dirigían las procesiones que precedían al Papa, y transportaban los libros del Evangelio y otros artículos utilizados en el Santo Sacrificio1. También eran responsables de colocar el libro de los Evangelios en el altar, llevar siete cirios encendidos ante el pontífice al entrar en el santuario, y acompañar al diácono al ambón con cirios encendidos para la proclamación del Evangelio1,3. Durante la Misa, un acólito sostenía la patena velada desde el comienzo hasta la mitad del canon y ayudaba a distribuir las hostias consagradas a los obispos y sacerdotes1.
El rito de ordenación para los acólitos implicaba que el obispo les presentaba una vela apagada y una vinajera vacía, con palabras que expresaban sus deberes1,2. Este simbolismo destacaba su responsabilidad de encender las luces de la iglesia y preparar el vino y el agua para el sacrificio de la Misa1,2.

