Desagraviar significa reparar una ofensa o compensar, mediante un acto de amor y penitencia, el agravio cometido. En el uso católico, el término se relaciona estrechamente con la reparación y la expiación. La reparación no pretende añadir algo que falte a la redención obrada por Cristo: nace de ella y consiste en unir a su entrega la oración, las obras y las pruebas de los cristianos. La tradición católica vincula además esta práctica a la comunión de los santos, por la que los fieles pueden ofrecer oración y penitencia no solo por sus propios pecados, sino también por los de otras personas.1
El desagravio comprende, por tanto, dos dimensiones relacionadas. La primera es la conversión personal: reconocer el propio pecado, pedir misericordia y procurar enmendar la vida. La segunda es la intercesión: orar por quienes han pecado y pedir que cesen las ofensas contra Dios. La oración de reparación promulgada por Pío XI reúne ambas dimensiones y propone responder a la indiferencia mediante la fe, una vida recta y la práctica de la caridad evangélica.2,3

