La publicación de Ad Apostolorum Principis tuvo lugar en un período de intensa persecución contra la Iglesia Católica en China. Después del establecimiento de la República Popular China en 1949, el gobierno comunista adoptó políticas que buscaban controlar todas las instituciones religiosas, incluyendo la Iglesia Católica1. Ya en 1952, el Papa Pío XII había expresado su profunda preocupación por la situación en China en su encíclica Cupimus imprimis, donde denunció los ataques injustos contra la Iglesia y afirmó que los misioneros no promovían intereses nacionales sino la difusión del Reino de Dios2,3. Dos años después, en Ad Sinarum gentem (1954), refutó las acusaciones contra los católicos chinos y advirtió contra la doctrina de las «tres autonomías» tal como la entendían sus autores, por considerar que atentaba contra la unidad esencial de la Iglesia4.
Para 1958, la situación se había deteriorado aún más5. El gobierno chino había intensificado sus esfuerzos para crear una iglesia «patriótica» que estuviera libre de la influencia extranjera y, en particular, de la autoridad de la Santa Sede6. Esta campaña implicó la expulsión de misioneros, el encarcelamiento de obispos, sacerdotes, religiosos y muchos fieles1,2. Se creó una asociación, denominada «patriótica», bajo una apariencia de amor a la religión y al país, con el objetivo de fomentar sentimientos patrióticos, promover la paz internacional, aceptar y difundir el socialismo introducido en China, y cooperar con las autoridades civiles en la defensa de lo que ellos llamaban libertad política y religiosa7. Sin embargo, el Papa Pío XII dejó claro que esta asociación era un intento de implementar políticas «ruinosas»7 y hacer que los católicos abrazaran gradualmente los principios del materialismo ateo, negando a Dios y rechazando los principios religiosos8.
