La Iglesia, misionera por naturaleza
La afirmación central del decreto aparece en su primer capítulo: la Iglesia es misionera por su propia naturaleza. La Iglesia existe porque procede de la misión del Hijo y del Espíritu Santo conforme al designio del Padre. Por esa razón, el anuncio del Evangelio no depende solamente de circunstancias históricas, de decisiones administrativas o de la iniciativa de determinados grupos. La misión pertenece al ser mismo de la Iglesia.,
El decreto presenta a la Iglesia como sacramento universal de salvación, es decir, como signo e instrumento mediante el cual Dios manifiesta y realiza su voluntad salvadora en la historia. Su universalidad no consiste únicamente en estar extendida por numerosos pueblos, sino en haber recibido la misión de llevar a todos los hombres a la comunión con Dios y entre sí.,
El designio salvador del Padre
El origen de la misión reside en el amor fontal del Padre. Dios quiere convocar a toda la humanidad a participar en su vida divina y formar un pueblo santo. La salvación posee simultáneamente una dimensión personal y comunitaria: Dios llama a cada hombre de manera irrepetible, pero también quiere reunir a los seres humanos en un solo Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu Santo.,
Esta doctrina evita dos reduccionismos. La salvación no puede entenderse como un fenómeno puramente individual, desligado de la comunión eclesial; tampoco como una absorción colectivista que elimine la dignidad y la vocación personal de cada ser humano. El decreto mantiene unidas ambas dimensiones.
Cristo y la nueva alianza
La encarnación del Hijo constituye una entrada nueva y definitiva de Dios en la historia humana. Las alianzas anteriores forman parte de la historia de la salvación, pero encuentran su cumplimiento en Cristo y en la nueva alianza establecida mediante su Pascua. La misión anuncia precisamente esta novedad decisiva y ofrece a todos los pueblos la participación plena en el misterio de Cristo.
El anuncio cristiano no contempla las culturas humanas desde una perspectiva de desprecio. La encarnación proporciona el criterio misionero: Cristo asumió verdaderamente la condición humana, y la Iglesia debe entrar en la vida de los pueblos con respeto, diálogo y discernimiento. La misión acoge los valores auténticos de las culturas, purifica cuanto contradice el Evangelio y eleva sus riquezas hacia su plenitud en Cristo.,
La acción del Espíritu Santo
El Espíritu Santo impulsa a la Iglesia a expandirse y reúne a quienes reciben la fe. Su acción precede, acompaña y fecunda el trabajo de los evangelizadores. La actividad misionera no consiste, por tanto, en una mera iniciativa humana, sino en la cooperación eclesial con la acción de Dios en la historia.
El dinamismo del Espíritu explica la diversidad de carismas, vocaciones y servicios que contribuyen a la misión. Obispos, sacerdotes, religiosos, catequistas y laicos participan de maneras distintas en una única tarea evangelizadora.
Dimensión histórica y escatológica
La misión transcurre entre la primera venida de Cristo y su segunda venida. El tiempo presente posee un carácter histórico y escatológico: la Iglesia trabaja en la historia, pero orientada hacia la plenitud definitiva del Reino.
La evangelización y la presencia de la Iglesia preparan la consumación final. La misión hace crecer el Pueblo de Dios entre los diversos pueblos y culturas, actualizando progresivamente la catolicidad de la Iglesia, que alcanzará su plenitud al final de los tiempos.