La resurrección del cuerpo
La instrucción sitúa la resurrección de Jesús en el centro de la fe cristiana. La muerte y resurrección de Cristo abren a los creyentes una vida nueva, y Cristo resucitado constituye el principio y la fuente de la futura resurrección de los muertos. El bautismo une sacramentalmente al cristiano con la muerte y la resurrección de Cristo.
La fe católica entiende la muerte como separación del alma y el cuerpo, pero no como la aniquilación definitiva de la persona. En la resurrección, Dios dará vida incorruptible al cuerpo y lo reunirá con el alma. La vida eterna no consiste, por tanto, en abandonar para siempre la condición corporal, sino en recibir de Dios una existencia transformada.
Dignidad del cuerpo y sentido de la sepultura
La instrucción recomienda con insistencia la sepultura de los cuerpos en cementerios u otros lugares sagrados. Esta práctica, arraigada en la tradición cristiana, expresa de forma especialmente adecuada la esperanza en la resurrección y la relación entre la muerte de Cristo, su sepultura y su resurrección.
El cuerpo forma parte de la identidad de la persona y conserva su dignidad después de la muerte. La tradición cristiana lo considera templo del Espíritu Santo y lugar donde la persona realizó obras buenas. Por estas razones, la Iglesia rechaza interpretaciones de la muerte que presenten al cuerpo como una prisión de la que habría que liberarse, o que reduzcan la muerte a la desaparición definitiva de la persona o a su fusión con la naturaleza o el universo.
La sepultura también tiene una dimensión comunitaria. Las tumbas ofrecen lugares de oración, memoria y reflexión; ayudan a mantener a los difuntos presentes en la plegaria de sus familiares y de la comunidad cristiana, y expresan la comunión entre los vivos y los muertos. La Iglesia incluye la sepultura de los difuntos entre las obras de misericordia corporales.