La narrativa bíblica de la creación de los primeros seres humanos se presenta en dos relatos en el libro del Génesis. Estos relatos, aunque complementarios, ofrecen perspectivas distintas sobre el origen de Adán y Eva.
Primer Relato de la Creación (Génesis 1:26-28)
En el primer relato, que se encuentra en Génesis 1:1-2:4a, la creación del hombre y la mujer se describe como el acto culminante de la obra divina, realizado en el sexto día1. Dios dijo: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra, y tenga dominio sobre los peces del mar, y sobre las aves del cielo, y sobre el ganado, y sobre toda la tierra, y sobre todo reptil que se arrastra sobre la tierra» (Gn 1:26)1. En este relato, la creación de «hombre» (Adán) se presenta de manera inclusiva, abarcando a ambos sexos: «Y creó Dios al ser humano a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó» (Gn 1:27)1. Esta descripción enfatiza la igualdad fundamental entre el hombre y la mujer en su dignidad y en su vocación a la imagen de Dios2. Se les concede la bendición de la fecundidad («Sean fecundos y multiplíquense») y el mandato de «llenar la tierra y someterla»3. Este relato subraya la dignidad del ser humano como corona de la creación y su llamado a participar en la obra divina.
Segundo Relato de la Creación (Génesis 2:4b-25)
El segundo relato de la creación, en Génesis 2:4b-25, se centra más específicamente en la formación de Adán y Eva y su vida en el Jardín del Edén1. Aquí, Dios Yahvé forma al hombre «del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida; y fue el hombre un ser viviente» (Gn 2:7)4,1. Este hombre es llamado ’adam, que en hebreo se relaciona con el término ’adamah (tierra o suelo), resaltando su origen terrenal4. Dios luego planta un jardín en Edén y coloca al hombre allí «para que lo cultivara y lo guardara» (Gn 2:15)5.
Dios establece una prohibición específica: el hombre puede comer libremente de todos los árboles del jardín, pero no del «árbol del conocimiento del bien y del mal», advirtiendo que «el día que de él comas, ciertamente morirás» (Gn 2:16-17)5. Tras reconocer que «no es bueno que el hombre esté solo», Dios procede a crear a los animales, pero el hombre no encuentra en ellos una ayuda adecuada1. Finalmente, mientras el hombre duerme, Dios toma una de sus costillas y de ella forma a la mujer, presentándosela al hombre1. El hombre, al verla, exclama: «Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por eso se llamará mujer, porque del hombre ha sido tomada» (Gn 2:23). Este pasaje destaca la íntima unión y la complementariedad entre el hombre y la mujer2. La inocencia de la pareja recién creada se subraya al mencionar que «estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, y no se avergonzaban» (Gn 2:25)2.
