Contexto histórico
El adopcionismo clásico surgió a finales del siglo VIII en la península ibérica, en un período marcado por la dominación musulmana en gran parte de Hispania. Elipando de Toledo, arzobispo de la sede toledana bajo dominio islámico, y Félix de Urgel, obispo en territorio franco, fueron sus principales promotores. El origen de esta doctrina, conocida como el «error hispánico», es oscuro, pero se vincula a influencias nestorianas provenientes de colonias orientales refugiadas en España, así como al impacto del islam, que enfatizaba la estricta unidad de Dios y podía haber influido en interpretaciones cristológicas.
Elipando desarrolló su pensamiento al refutar las ideas de un tal Migetio, quien negaba la preexistencia eterna del Hijo. Para contrarrestar esto, Elipando separó radicalmente la divinidad y la humanidad de Cristo, llamando al «hombre Cristo» solo Hijo adoptivo. Félix se unió más tarde, aportando argumentos eruditos, lo que dio origen a la «herejía feliciana». Esta enseñanza se extendió temporalmente por España y sur de Francia, favorecida por la debilidad del control eclesial romano en la región.
Argumentos de los adopcionistas
Los defensores del adopcionismo citaban pasajes bíblicos como Juan 14:28 («El Padre es mayor que yo») o Romanos 8:29, interpretándolos como referidos a la adopción humana de Cristo, no a su filiación eterna. Félix apelaba también a expresiones patrísticas como adoptio o homo adoptivus en la liturgia mozárabe y en Padres griegos (huios thetos), sugiriendo que se aplicaban a la humanidad de Jesús. Dialécticamente, argumentaban que el «Hijo natural de Dios» no podía predicarse del hombre Jesús, nacido temporalmente, inferior al Padre y relacionado con la Trinidad entera, no solo con el Padre.
Sin embargo, estos argumentos fueron refutados por la tradición católica. Las Escrituras atribuyen al «hombre Cristo» todos los predicados del Hijo eterno (por ejemplo, Juan 1:18; 3:16), y las expresiones de los Padres se refieren a la humanidad asumida por el Verbo, no a la persona de Cristo. Además, Romanos 8:29 alude a nuestra adopción, no a la de Jesús, quien nunca es llamado «Hijo adoptivo» en la Biblia.
Condena eclesial
La Iglesia respondió con rapidez y firmeza. En 785, el papa Adriano I, en su epístola Institutio universalis a los obispos españoles, condenó la doctrina como blasfema, comparándola con el nestorianismo y afirmando que ningún hereje previo había osado llamar al Hijo de Dios «adoptado». El papa Hadrian también escribió a Carlomagno en 794, reiterando la filiación natural de Cristo.
El Concilio de Fráncfort (794), convocado por Carlomagno pero presidido por legados romanos, declaró herética la adopción en el Hijo de Dios, exigiendo su erradicación total de la Iglesia. Los obispos franceses, en su epístola sinodal a los españoles, rechazaron las tesis de Elipando y Félix, subrayando que Cristo es Hijo por naturaleza, no por adopción., Figuras como Alcuino de York, en sus tratados Contra Elipandum Toletanum y Contra Felicem Urgellensem, defendieron la ortodoxia, equiparando el adopcionismo al nestorianismo por dividir a Cristo en dos hijos y, por ende, en dos personas.
Elipando murió en su error, mientras Félix recantó varias veces, aunque con dudas. Misioneros como san Benito de Aniane y el propio Alcuino extinguieron la herejía hacia el año 800, convirtiendo a miles. En el Concilio de Nicea II (787), aunque enfocado en los iconoclas tas, el papa Adriano condenó nuevamente las ideas adopcionistas en su epístola Si tamen licet, negando que la Iglesia haya creído jamás en la adopción de Cristo según la carne.