La cruz ocupa un lugar central en la fe cristiana porque recuerda la entrega de Jesucristo y su sacrificio redentor. La devoción a la cruz, por tanto, no consiste en venerar el sufrimiento por sí mismo ni en atribuir poderes mágicos a un objeto. La cruz remite a Cristo y al misterio de su muerte y resurrección, que forman una unidad en el relato de la salvación. La Iglesia enseña que la contemplación de Cristo crucificado debe conservar siempre esa referencia pascual: la cruz expresa también el triunfo de Cristo sobre el mal y la muerte.1
La palabra adoración puede causar confusión. En sentido estricto, la adoración suprema -llamada tradicionalmente latría- corresponde solo a Dios. En la liturgia del Viernes Santo, la reverencia dirigida a la cruz tiene un carácter relativo: el honor no termina en la madera, sino que se dirige a Cristo, que murió en ella. La tradición cristiana distinguió así entre la adoración debida a Dios y la veneración de un signo sagrado por su relación con él. Una antigua explicación resume esta distinción diciendo que el cuerpo se inclina ante la cruz, mientras que la mente se dirige al Señor.2,3
Por eso, la expresión «adoración de la Cruz» nombra el rito litúrgico sin afirmar que la cruz sea una divinidad. La Iglesia honra en ella el misterio de Cristo crucificado. La misma tradición lo expresa al invitar a adorar a Cristo, Rey que estuvo suspendido del madero, y no al madero considerado por sí mismo.3



