La Adoración Eucarística tiene su origen y su razón de ser en la fe de la Iglesia en la presencia real de Cristo en la Eucaristía1. Desde los primeros siglos, la Iglesia ha creído firmemente que, en el sacramento de la Eucaristía, no solo hay un símbolo de Cristo, sino que es Cristo mismo, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, quien está presente bajo las apariencias del pan y del vino después de la consagración2,3. Esta presencia no cesa al terminar la Misa, sino que perdura mientras subsisten las especies sacramentales4,5.
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que «por la profundización de la fe en la presencia real de Cristo en su Eucaristía, la Iglesia tomó conciencia del sentido de la adoración silenciosa del Señor presente bajo las especies eucarísticas»4,1. La Adoración Eucarística es, por tanto, una consecuencia lógica y una expresión natural de la fe en este misterio2,3.
Los fieles, al adorar el Santísimo Sacramento, responden a la invitación del Señor: «Quedaos aquí y velad conmigo» (Mt 26, 38)4. En la Eucaristía, Cristo se ha querido quedar con nosotros para siempre, acompañándonos con su cercanía, incluso en la soledad, y nos invita a la oración y la esperanza6. Él es el «Dios muy cercano, cuyas delicias están en estar con los hijos de los hombres»2.

