Una escatología lineal
La escatología adventista presenta la historia como una sucesión lineal de acontecimientos que avanzan hacia la intervención final de Dios: creación, caída, historia de la redención, segunda venida, resurrección, juicio y establecimiento definitivo del Reino.
Esta estructura lineal pertenece también a la visión bíblica y cristiana de la historia. La fe cristiana no entiende el tiempo como un ciclo eterno de repeticiones, sino como una historia dirigida hacia una plenitud. La diferencia no reside, por tanto, en afirmar o negar la linealidad histórica, sino en la manera de articularla con la vida de la Iglesia y en el grado de precisión concedido a los cálculos proféticos.
La escatología católica: historia de la salvación y sacramentos
La escatología católica integra la historia de la salvación con la vida sacramental. Para la Iglesia, la salvación futura ya ha comenzado en Cristo, muerto y resucitado, aunque todavía no se haya manifestado en su plenitud. El creyente vive entre la primera venida de Cristo y su retorno glorioso: la redención ya ha sido realizada, pero espera su consumación definitiva.
Los sacramentos hacen presente esa obra salvadora en la vida de la Iglesia. El Bautismo incorpora al cristiano a la muerte y resurrección de Cristo, mientras que la Eucaristía anticipa el banquete y el Reino futuro.
Esta dimensión sacramental diferencia profundamente la perspectiva católica de una escatología reducida a una cronología de acontecimientos finales. El cristiano católico no aguarda pasivamente una fecha calculada: participa ya, mediante la gracia, en la vida nueva inaugurada por Cristo y camina hacia su plenitud.
La liturgia expresa esta tensión entre el «ya» y el «todavía no». Cristo está presente en la Iglesia, en su Palabra y en los sacramentos, pero la manifestación plena de su gloria todavía está por llegar. La esperanza escatológica impulsa a la conversión, a la caridad y a la perseverancia, no a la especulación cronológica.
La resurrección y el juicio
La doctrina católica espera una resurrección general de los muertos, tanto de los justos como de los impíos, seguida del juicio. La resurrección implica al ser humano entero, cuerpo y alma, no solo la supervivencia de una dimensión espiritual.
La consumación final incluye también la transformación de la creación. La esperanza cristiana no apunta solo a la liberación del alma, sino a unos cielos nuevos y una tierra nueva, en los que Dios llevará a plenitud su obra.