El título latino, Aeterna Dei Sapientia, significa «La eterna sabiduría de Dios». Juan XXIII publicó la encíclica en Roma el 11 de noviembre de 1961, cuando se cumplían mil quinientos años de la muerte de san León Magno, fallecido en el año 461. La conmemoración ofrecía al pontífice la ocasión de recordar la figura de un papa cuya enseñanza y actuación pastoral habían dejado una huella profunda en la historia de la Iglesia.1
La encíclica apareció en vísperas del Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII para fortalecer la vida de la Iglesia y favorecer la reconciliación entre los cristianos. En ese contexto, el recuerdo de León Magno no cumple una función meramente histórica: el papa del siglo XX recurre a su ejemplo para tratar cuestiones de actualidad eclesial, en especial la unidad de los creyentes y la continuidad de la doctrina cristiana.1

