La Iglesia Católica se opone directamente a la negación agnóstica de la capacidad de la razón humana para conocer a Dios. La doctrina católica sostiene que la conciencia humana, con todas sus facultades, interactúa de manera solidaria, y las contribuciones de la voluntad y la conciencia amplían el conocimiento de Dios que se puede adquirir por el razonamiento. Es erróneo equiparar la función de la conciencia con la de la razón especulativa, aplicar los métodos de las ciencias exactas a las cuestiones morales y religiosas, o declarar que la región más allá del conocimiento científico es una región de incognoscibilidad y creencia ciega.
El Concilio Vaticano I y el Conocimiento de Dios
El Concilio Vaticano I (1869-1870) abordó explícitamente el agnosticismo al declarar solemnemente que «Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las obras de la creación». Esta declaración buscaba reafirmar la naturaleza razonable del cristianismo y condenar todas las visiones que negaban a la razón el poder de conocer a Dios con certeza.
El Concilio definió la posibilidad de que el ser humano conozca a Dios con certeza por la razón aparte de la revelación, sin afirmar que todo individuo histórico particular ejerciera este poder. Subrayó que, si bien la revelación puede ser moralmente necesaria para la humanidad en general debido a las dificultades para alcanzar un conocimiento pronto, cierto y correcto de Dios, la capacidad física de la razón para conocerlo existe cuando está debidamente desarrollada.
Los cánones del Vaticano I condenan explícitamente las siguientes posturas:
«Si alguno dijere que el único Dios verdadero, nuestro Creador y Señor, no puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana por medio de las cosas que han sido hechas, sea anatema» (De Revel., can. 1).
«Si alguno dijere que no es posible o no es conveniente que el hombre sea instruido, por medio de la revelación divina, acerca de Dios y del culto que se le ha de tributar, sea anatema» (Ibid., can. 2).
«Si alguno dijere que la revelación divina no puede hacerse creíble por signos externos, y que, por tanto, los hombres deben ser movidos a la fe solamente por su experiencia interna personal o por inspiración privada, sea anatema» (De Fide, can. 3).
Condena del Modernismo y Agnosticismo
El Papa Pío X, en su encíclica Pascendi Dominici Gregis (1907), también condenó el agnosticismo como la base filosófica del modernismo. Según los modernistas, la razón humana está confinada al campo de los fenómenos, lo que significa que no puede trascender los límites de lo perceptible por los sentidos ni reconocer la existencia de Dios a través de las cosas visibles. De esto, inferían que Dios nunca puede ser objeto directo de la ciencia ni sujeto histórico.
Pío X señaló que esta postura lleva a la eliminación de la teología natural, los motivos de credibilidad y la revelación externa, incluyéndolos en lo que los modernistas llamaban «intelectualismo», un sistema «ridículo y hace tiempo difunto». El Papa criticó cómo los modernistas pasaban del agnosticismo puro a un ateísmo científico e histórico, excluyendo a Dios y todo lo divino de la ciencia y la historia.
En Communium Rerum (1909), Pío X reiteró que la filosofía que todo lo duda conduce a la oscuridad, resultando en la profesión de agnosticismo y otras doctrinas absurdas que están en discordia con la recta razón.
Fe y Conocimiento en la Tradición Católica
La concepción católica de la fe es un asentimiento firme a las verdades reveladas por la autoridad de Dios. Presupone verdades filosóficas, como la existencia de un Dios personal que no puede engañar ni ser engañado, y la verdad histórica de la revelación. La razón y la revelación son vistas como dos fuentes de conocimiento que se complementan, donde la fe comienza donde termina la ciencia, añadiendo un mundo de misterio que no contradice la razón. La fe, por tanto, es un asentimiento intelectual, un tipo de conocimiento superpuesto que es distinto pero continuo con el conocimiento derivado de la experiencia.