La designación de Jesucristo como el Agnus Dei posee ricas raíces bíblicas que conectan el Antiguo y el Nuevo Testamento, revelando la plenitud del plan salvífico de Dios.
El Cordero Pascual en el Antiguo Testamento
La figura del cordero en el Antiguo Testamento está intrínsecamente ligada al concepto de sacrificio y redención. El ejemplo más prominente es el del Cordero Pascual2. En el libro del Éxodo, Dios instruyó a los israelitas a sacrificar un cordero sin defecto y untar su sangre en los dinteles de sus puertas para que el ángel de la muerte pasara de largo durante la décima plaga de Egipto3. Este evento, conocido como la Pascua, conmemora la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud4. El cordero, por lo tanto, simbolizaba la protección y la salvación a través de la sangre inocente derramada5.
Además del Cordero Pascual, los corderos eran sacrificados regularmente en el Templo de Jerusalén como ofrendas por el pecado y la comunión, lo que reforzaba su papel como mediadores de la reconciliación entre Dios y su pueblo6.
Jesucristo, el Cordero de Dios
La revelación de Juan el Bautista en el Evangelio de Juan es el punto culminante de esta tipología7. Al ver a Jesús, Juan exclamó: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo»1. Esta declaración es fundamental, ya que presenta a Jesús no solo como un profeta o un maestro, sino como el sacrificio definitivo y universal por la redención de la humanidad8.
La Epístola a los Hebreos subraya que el sacrificio de Jesús es superior a los sacrificios de animales de la Antigua Alianza, los cuales eran incapaces de quitar el pecado de forma permanente9. Jesús, como el verdadero Cordero de Dios, se ofreció a sí mismo una vez para siempre, con su propia sangre, obteniendo una redención eterna10. Su muerte en la cruz es el cumplimiento del sacrificio pascual, liberando a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte, y abriendo el camino a la vida eterna11. El Apocalipsis también presenta a Cristo glorificado como el Cordero inmolado, que es digno de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza12.

