El agua aparece recurrentemente en la Sagrada Escritura como elemento ambivalente: fuente de destrucción del pecado y de nueva vida. Los Padres de la Iglesia y la tradición litúrgica interpretan estos pasajes como tipos o prefiguraciones del Bautismo, el sacramento que libera del pecado original y regenera al cristiano.5,6
Agua en el Antiguo Testamento
En el Diluvio narrado en el Génesis, el agua destruye el pecado del mundo, pero salva a Noé y su familia, simbolizando la erradicación del mal y el inicio de una nueva creación.5 Similarmente, el cruce del Mar Rojo por los israelitas libera al pueblo de la esclavitud egipcia, con el faraón y su ejército ahogados en las aguas, lo que prefigura la victoria sobre el demonio mediante el Bautismo.7,6
Otros tipos incluyen el agua amarga endulzada por el árbol de Moisés, que restaura la gracia natural, y el agua que mana de la roca en el desierto, identificada con Cristo como fuente de vida eterna.6 El río Jordán, donde Elías divide las aguas, y las purificaciones levíticas con agua, refuerzan su poder purificador según la Ley mosaica.5,3
Agua en el Nuevo Testamento
En el Evangelio, Jesús se bautiza en el Jordán, no por necesidad de purificación, sino para santificar las aguas y revelar la Santísima Trinidad.5 Él ofrece el agua viva a la samaritana, prometiendo que quien la beba no tendrá sed eterna, aludiendo al Espíritu Santo.8 Del costado de Cristo en la cruz fluyen sangre y agua, origen de la Iglesia y los sacramentos.9,6
San Juan Damasceno enumera varios bautismos: el del Diluvio, el Mar Rojo, el de Juan Bautista y el de Cristo, culminando en el Bautismo cristiano con agua y Espíritu.5
