Orígenes antiguos
Los primeros cristianos ya utilizaban una túnica blanca de lino como parte de su atuendo litúrgico. Los escritos del Cuarto Concilio de Cartago (c. 398) hacen referencia a que el diácono debía «usar el alba» en la ofrenda, aunque no está claro si se trataba de la misma prenda que conocemos hoy1. La Enciclopedia Católica señala que, antes del siglo IX, existía una prenda similar bajo la chasuble, y que la oración del Stowe Missal menciona la «túnica de castidad», lo que sugiere una continuidad litúrgica temprana1.
Desarrollo medieval
Durante la Edad Media el alba adquirió una forma más definida: mangas ajustadas, longitud que llegaba a los tobillos y una cintura ceñida con cinta. Se introdujeron adornos como los apparels (parches de brocado) y, más tarde, el encaje, aunque la normativa eclesiástica trató de preservar su carácter sencillo y puro1. En el siglo XII el alba era la vestidura habitual de todo clero, pero a partir de entonces el surplice comenzó a sustituirla entre los menores órdenes, quedando el alba reservado a los mayores órdenes (subdiácono, diácono, sacerdote y obispo)1.
Reforma y normativa moderna
Con la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II y la promulgación del Misal Romano (2002), el General Instruction of the Roman Missal (GIRM) reafirma que el alba es la vestidura esencial para todos los ministros ordenados, debiendo cubrir completamente la ropa ordinaria y atarse con una cinta, salvo que esté confeccionado para quedar sin ella2. El documento Redemptionis Sacramentum (2004) repite la misma exigencia y subraya la necesidad de que, si el alba no cubre el cuello, se coloque antes el amice3.
