La Iglesia Católica consideró el albigensianismo no solo una herejía cristiana, sino una religión extraconsistente que atacaba directamente la doctrina y jerarquía eclesiástica, y que incluso amenazaba la supervivencia de la raza humana debido a sus principios morales sobre la procreación y el suicidio,.
Primeras Medidas y Predicación
Desde el siglo XI, la herejía neomaniquea comenzó a manifestarse en Francia, con condenas en concilios como el de Orléans (1022), Arras (1025) y Reims (1049),. En 1145, el Papa Eugenio III envió un legado, el Cardenal Alberico de Ostia, a Languedoc, y San Bernardo secundó sus esfuerzos, aunque su predicación no tuvo efectos duraderos.
El Concilio de Tours (1163) decretó el encarcelamiento y la confiscación de bienes de los albigenses. El Tercer Concilio de Letrán (1179) renovó estas medidas severas y exhortó al uso de la fuerza contra los herejes que devastaban la región.
Con el ascenso del Papa Inocencio III (1198), la labor de conversión y represión se intensificó. Se alentó una austeridad apostólica entre los predicadores católicos, y figuras como Santo Domingo de Guzmán (fundador de la Orden Dominicana) jugaron un papel crucial en la predicación y el establecimiento de congregaciones femeninas para educar a niñas nobles, contrarrestando la influencia herética.
La Cruzada Albigense y la Inquisición
Ante la inmensa propagación de la herejía, que llegó a infectar más de mil ciudades, Inocencio III pidió al Rey de Francia que utilizara la fuerza en 1207. Su llamado se renovó con la noticia del asesinato de su legado, Pedro de Castelnau (1208), atribuido a Raimundo VI, Conde de Toulouse, quien favorecía a los herejes.
Esto llevó a la Cruzada Albigense (1209-1229), un conflicto armado liderado inicialmente por barones del norte de Francia. Aunque la Iglesia combatió principios que consideraba destructivos para el cristianismo y la sociedad, hubo excesos lamentables. Se alegó una frase infame: «Matadlos a todos; Dios reconocerá a los suyos», en la toma de Béziers, pero se ha demostrado que nunca fue pronunciada.
Finalmente, el territorio fue cedido al Rey de Francia, y el Concilio de Toulouse (1229) encargó la represión del albigensianismo a la Inquisición, que pasó a manos de los dominicos en 1233. Las penas impuestas a los herejes incluían la confiscación, el exilio y la muerte, lo que refleja la severidad del código penal de la época,.