La alegría es un tema recurrente en las Sagradas Escrituras, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, manifestándose como una experiencia colectiva y personal profundamente ligada a la presencia de Dios y a las celebraciones religiosas1. La Biblia emplea diversos términos y expresiones para describir la alegría de Dios, de las personas e incluso de la creación en el diálogo de salvación1.
Antiguo Testamento
En el Antiguo Testamento, la alegría se proclama con especial frecuencia en los Salmos y en el profeta Isaías1. Los Salmos están llenos de expresiones que indican que la alegría es tanto un fruto de la benevolente presencia de Dios como el eco jubilante que esta presencia provoca1. Asimismo, la alegría se presenta como una declaración de la gran promesa futura para el pueblo de Dios1. El profeta Isaías, especialmente en sus últimas secciones, enfatiza esta llamada a la alegría, apuntando hacia un futuro de desbordante gozo donde los cielos, el desierto y la tierra saltarán de alegría, y los prisioneros liberados entrarán en Jerusalén gritando de júbilo1.
Nuevo Testamento
El Nuevo Testamento continúa y profundiza esta temática de la alegría, siendo un regalo mesiánico por excelencia prometido por Jesús mismo1.
La Alegría en la Vida de Cristo y los Apóstoles
El Evangelio, irradiado por la gloria de la cruz de Cristo, invita constantemente al regocijo2. Ejemplos de esta alegría abundan desde los eventos que preceden el nacimiento del Salvador:
El salto de Juan en el vientre de Isabel al escuchar la voz de María (Lc 1,41)2.
El cántico de María: «Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador» (Lc 1,47)2,3.
Jesús mismo «se regocijó en el Espíritu Santo» (Lc 10,21)2,3.
Jesús promete a sus discípulos que su mensaje les traerá una alegría completa: «Os he dicho esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría sea completa» (Jn 15,11)2,3. También les asegura que, aunque experimentarán tristeza, esta se convertirá en gozo, un gozo que nadie les podrá quitar (Jn 16,20.22)2,4,3. Después de la resurrección, los discípulos «se alegraron» al ver al Señor (Jn 20,20)2,4.
Los Hechos de los Apóstoles muestran cómo los primeros cristianos vivían esta alegría:
Comían con «alegría y sencillez de corazón» (Hch 2,46)2.
Dondequiera que iban los discípulos, «había gran alegría» (Hch 8,8)2.
Incluso en medio de la persecución, estaban «llenos de gozo» (Hch 13,52)2.
Estos ejemplos demuestran que la alegría cristiana surge de la fuente inagotable del corazón de Cristo2.
