Alejandría surgió como un puerto estratégico en la desembocadura del Nilo, reemplazando el antiguo asentamiento de Racotis. Bajo los ptolemaicos, sucesores de Alejandro, se convirtió en la metrópolis intelectual y comercial del mundo antiguo, atrayendo a sabios de todo el Mediterráneo.1 Su biblioteca, una de las siete maravillas del mundo antiguo, simbolizó su esplendor cultural. Roma la incorporó como provincia en el 30 a. C., y mantuvo su prosperidad hasta la conquista árabe en 642, que aceleró su declive junto con la fundación de El Cairo. Bajo el dominio otomano y el renacimiento del siglo XIX impulsado por Mehmet Alí, recuperó relevancia como primer puerto del Mediterráneo oriental, con unos 235.000 habitantes a inicios del siglo XX.1
Desde el punto de vista católico, la ciudad es inseparable de su herencia cristiana. San Marcos, según la tradición constante de Oriente y Occidente, llevó el Evangelio a Egipto y fundó la Iglesia local, convirtiéndola en el núcleo del Patriarcado de Alejandría.2

