El término Aleluya proviene del hebreo הללויה (hallĕlūyāh), una composición de הללו (hallĕlū), que significa «alaben» o «glorifiquen», y יה (Yah), una forma abreviada del nombre divino Yahvé2. Por lo tanto, su significado esencial es «¡Alaben a Yah!» o «¡Alaben a Dios!»1,2.
Esta aclamación se encuentra en el Antiguo Testamento, específicamente en el Libro de Tobías (Tob 13:22) y repetidamente en el Salterio, donde aparece tanto al principio como al final de varios salmos de alabanza, e incluso al inicio y al final de algunos, como el último salmo1,2. Los datos de la antigua tradición judía y cristiana sugieren que el Aleluya formó parte de la liturgia hebrea desde sus comienzos, siendo considerada una doxología divinamente autorizada y una de las fórmulas monoteístas más antiguas de fe2.
En el Nuevo Testamento, el Aleluya aparece exclusivamente en la visión de San Juan sobre el servicio divino en el Cielo, en el Libro del Apocalipsis (Ap 19:1, 3, 4, 6), donde es el «canto de adoración de la Creación»2. Esta aparición en un contexto de adoración celestial enfatiza su carácter de alabanza suprema y universal.
Se cree que Jesús mismo pronunció esta aclamación al final de la Última Cena, como parte de los cantos de la cena ritual de la Pascua judía (Mt 26:30; Mc 14:26), lo que le confiere una conexión directa con la tradición cristiana desde sus inicios1.

