El uso de alfombras en el contexto litúrgico se inscribe en una larga tradición de embellecimiento de los espacios sagrados y de distinción de las áreas más reverenciadas. Desde tiempos antiguos, diversas culturas han utilizado textiles para señalar la importancia de un lugar o para honrar a personas destacadas. En la liturgia cristiana, esta práctica adquirió un significado particular al aplicarse a los lugares donde se celebran los Misterios Divinos, especialmente el altar, que es el centro de la acción eucarística.
El Ordo Dedicationis Ecclesiae et Altaris subraya la dignidad del altar como la «mesa del Señor»1. La preparación y ornamentación del altar, que incluye su velación con un mantel, así como la disposición de flores y candelabros, tienen como objetivo realzar su importancia como lugar del sacrificio eucarístico y mesa del banquete divino2,3,4. Las alfombras, aunque no se mencionan explícitamente en el mismo contexto que los manteles de altar, contribuyen a este ambiente de solemnidad y reverencia, cubriendo el suelo del santuario y los escalones del altar.

