La interpretación del Nuevo Testamento
La Primera carta de Pedro relaciona directamente el arca de Noé con el Bautismo. Afirma que ocho personas fueron salvadas mediante el agua y añade que aquel acontecimiento prefiguraba el Bautismo cristiano.
El Bautismo no consiste en una simple limpieza corporal. La carta lo presenta como una respuesta de la conciencia ante Dios, fundada en la resurrección de Jesucristo.
El agua posee, por tanto, una doble dimensión simbólica:
- Juicio del pecado, porque el Diluvio pone fin a un mundo dominado por la violencia.
- Salvación y comienzo nuevo, porque el agua conduce a Noé y a su familia hacia una humanidad renovada.
La enseñanza del Catecismo
El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que el arca de Noé prefigura la salvación por el Bautismo. Las pocas personas salvadas -ocho, según el relato bíblico- atraviesan las aguas y reciben una protección que anticipa la salvación cristiana.
La liturgia de la Vigilia Pascual recoge esta interpretación cuando presenta las aguas del Diluvio como signo de las aguas bautismales, capaces de poner fin al pecado y de inaugurar un nuevo comienzo de bondad.
La interpretación de los Padres de la Iglesia
Los Padres de la Iglesia desarrollaron ampliamente la relación entre el arca, el agua y la Iglesia.
San Jerónimo interpretó el arca como figura de la Iglesia, siguiendo la enseñanza de la Primera carta de Pedro. Dentro del arca convivían animales diversos; de manera semejante, dentro de la Iglesia conviven personas de razas, temperamentos y condiciones diferentes.
Para san Jerónimo, la paloma que vuelve al arca con un signo de paz evoca la acción del Espíritu Santo. El cuervo que no regresa representa, en cambio, una imagen de aquello que permanece fuera de la paz y de la comunión.
San Agustín también utilizó la imagen del arca para explicar que el agua del Bautismo recibe su eficacia de la acción salvadora de Dios y que la vida cristiana debe corresponder al don recibido. No basta una recepción externa del sacramento cuando la conducta contradice gravemente la conversión que el Bautismo exige.
Su reflexión conserva una distinción teológica importante: el mismo agua puede salvar a quienes permanecen dentro del arca y destruir a quienes quedan fuera. Aplicada al Bautismo, la imagen enseña que el sacramento llama a vivir en la unidad de la Iglesia y en una conciencia recta, no a tratar el rito como una garantía separada de la fe y de la conversión.