Continuidad y cumplimiento
Jesucristo no presenta su misión como una destrucción de la Ley, sino como su cumplimiento. La Ley mosaica conserva una verdad moral real, especialmente en el Decálogo, pero alcanza su sentido definitivo en Cristo.
La Ley antigua manifiesta el bien moral y protege los fundamentos de la vida humana. Sin embargo, no comunica por sí misma la plenitud de la gracia ni transforma interiormente al hombre. Cristo lleva la Ley a su profundidad última: no basta evitar exteriormente el homicidio; también importa la ira y el desprecio. No basta evitar el adulterio; también importa la pureza del corazón. La obediencia cristiana alcanza las intenciones, los deseos y la orientación interior de la persona.
La Ley de Cristo, por tanto, no cancela la Ley moral, sino que la radicaliza, purifica y consuma. El Decálogo continúa ocupando un lugar central, pero la persona lo vive desde la caridad y desde la relación filial con Dios.,
De la letra al Espíritu
La oposición entre «letra» y «Espíritu» no significa que la Escritura o los mandamientos carezcan de valor. La letra puede mostrar el bien, pero la persona herida por el pecado necesita también la gracia para realizarlo. La Ley escrita exteriormente no basta para convertir el corazón.
El Espíritu Santo hace posible una obediencia interior. La Ley nueva recibe el nombre de Ley del Espíritu porque el Espíritu de Dios configura al creyente con Cristo y actúa como principio vital de su existencia. La Ley queda escrita en el corazón y no permanece como una norma exterior separada de la persona.,
La superación de la letra por el Espíritu no equivale a relativizar los mandamientos. La gracia no sustituye la moral por una espontaneidad sin criterio. El Espíritu conduce hacia la verdad moral y permite cumplirla mediante el amor. La libertad cristiana no consiste en hacer cualquier cosa, sino en recibir la capacidad de amar el bien y realizarlo.
Del temor filial al amor
La Ley mosaica contiene promesas y sanciones temporales que educan al pueblo. Cristo introduce la plenitud de la relación filial: el discípulo obedece no solo por temor al castigo, sino por amor a Dios. La Ley de Cristo concede mayor espacio a la responsabilidad personal porque la gracia actúa en lo profundo de la persona.,
Esta transformación no elimina la exigencia. Cristo llama a la perfección y propone las bienaventuranzas como forma de vida. El Decálogo y las bienaventuranzas no constituyen caminos contradictorios. El Decálogo protege el bien fundamental; las bienaventuranzas revelan la plenitud del corazón configurado con Cristo.