La palabra bíblica alianza traduce el hebreo berit. Aunque puede evocar un pacto entre dos partes, la teología de la Alianza subraya la iniciativa soberana de Dios: es Dios quien elige, llama y constituye un pueblo, y quien compromete su palabra por amor y fidelidad. La alianza no nace, por tanto, de una negociación entre iguales, sino del favor gratuito de Dios.3
La respuesta humana también forma parte de la alianza. En el Sinaí, Israel aceptó vivir de acuerdo con la palabra divina; sin embargo, la historia bíblica describe repetidas infidelidades del pueblo. La permanencia de la alianza depende, en último término, de la fidelidad de Dios, cuyo amor no queda anulado por la infidelidad humana.3,4
El adjetivo eterna expresa la duración y firmeza de esa fidelidad divina. La Biblia atribuye carácter perpetuo a las alianzas con Noé, Abrahán, Jacob, Israel y David y sus descendientes. La esperanza profética de una alianza nueva no abandona esta promesa, sino que anuncia su cumplimiento pleno.1
