En el marco tomista (muy influyente en la teología católica), alma no significa necesariamente «algo separado del cuerpo» como si fuera una «cosa» que el animal «tiene» además de su biología, sino más bien el principio de vida que hace que un organismo viva y realice operaciones. Así, se habla de distintos «niveles» de alma según la clase de vida: hay un principio vital para las plantas, otro para los animales y, en el ser humano, un nivel racional que incluye operaciones superiores. En esa línea, se describe la función vegetativa como principio por el que «nada vive sin él» en los seres vivos inferiores, siendo la base común desde la cual se manifiestan las actividades de la vida.5
Esa manera de entender el «alma» permite afirmar dos cosas a la vez: (1) que los animales verdaderamente viven y obran (tienen un principio vital), y (2) que las operaciones sensibles de los animales no se elevan a comprensión y razón, ni pueden mantenerse como actividad intelectual tras la muerte del cuerpo.1,2,5
