En la liturgia católica, el altar no es un mero mueble ni un simple soporte para los objetos del culto. Es la mesa en la que el sacerdote celebra la Eucaristía, memorial sacramental del sacrificio de Cristo. La Iglesia lo venera con gestos litúrgicos, como el beso al comienzo y al final de la misa y, en determinadas celebraciones, la incensación. El altar expresa a la vez la ofrenda de Cristo y la comunión de los fieles en el único sacrificio eucarístico.2,1
La denominación mayor lo distingue de los altares secundarios que pueden encontrarse en capillas laterales o en otros espacios de una iglesia. No implica necesariamente que el altar sea de mayores dimensiones ni que deba alzarse sobre una plataforma elevada: alude, ante todo, a su condición de altar principal. Históricamente, su posición destacada en el presbiterio permitía que los fieles lo reconocieran como centro de la celebración.1
En las iglesias nuevas, la normativa litúrgica recomienda un solo altar, como signo de Cristo único y de la única Eucaristía de la Iglesia. Las iglesias existentes pueden conservar otros altares, en particular cuando su traslado dañaría su valor artístico; si resulta necesario disponer un nuevo altar fijo para la celebración, las rúbricas piden que las celebraciones litúrgicas tengan lugar solo en este y que el altar antiguo no reciba una ornamentación especial que compita con él.3
