La amabilidad como disposición natural
Algunas personas poseen por temperamento una inclinación espontánea a la cordialidad, la simpatía y el trato agradable. Otras adquieren una conducta amable mediante la educación, la convivencia y la repetición de actos buenos. En sentido escolástico, estos hábitos pueden pertenecer al orden natural y adquirido.
Un hábito adquirido es una disposición estable que nace de actos humanos repetidos. La persona desarrolla mayor facilidad para actuar de una determinada manera: quien escucha con paciencia, evita la rudeza y responde habitualmente con respeto adquiere una disposición que hace más fácil repetir esas acciones. La tradición escolástica diferencia estos hábitos adquiridos de los hábitos infusos, que proceden de una acción especial de Dios.,
La amabilidad natural posee un valor moral real. La razón reconoce que la convivencia humana exige respeto, benevolencia, justicia y dominio de las pasiones. Además, la amabilidad puede proteger al prójimo de sufrimientos innecesarios y favorecer relaciones familiares, sociales y profesionales más humanas.
Sin embargo, la amabilidad natural no alcanza por sí misma el fin sobrenatural. Puede realizar actos excelentes desde el punto de vista humano sin que esos actos procedan de la fe o de la caridad. La bondad natural no equivale automáticamente a la santidad.
La amabilidad como fruto de la gracia
La gracia santificante eleva la vida humana y comunica una participación en la vida divina. Junto con ella, Dios infunde las tres virtudes teologales y otros dones sobrenaturales. La caridad se infunde con la gracia santificante y permanece inseparablemente vinculada a ella mientras la persona conserva esa vida sobrenatural.
Cuando la amabilidad procede de la caridad, adquiere una orientación nueva:
- El prójimo aparece como criatura de Dios.
- La dignidad humana recibe una profundidad sobrenatural.
- La ayuda se presta no solo por simpatía, sino por amor a Dios.
- La paciencia incluye la misericordia.
- El perdón puede llegar incluso a quien ha causado un daño grave.
- La cortesía se convierte en expresión de respeto a una persona llamada a la comunión con Dios.
La gracia no destruye el temperamento ni elimina la cooperación humana. Dios transforma y eleva la persona contando con su libertad. La persona debe consentir, ejercitarse y cooperar mediante actos concretos. La tradición escolástica enseña que las virtudes infusas proceden de Dios, pero la persona actúa con consentimiento y colaboración.
Conviene, por tanto, evitar dos errores:
- Pensar que toda persona naturalmente simpática posee necesariamente caridad sobrenatural.
- Pensar que la gracia vuelve innecesarios el esfuerzo, la educación y la adquisición de buenos hábitos.
La gracia santificante perfecciona la naturaleza y orienta la conducta hacia Dios; no sustituye la responsabilidad de formar el carácter.