La palabra ambón procede del griego y suele relacionarse con la idea de elevación o lugar elevado. En las iglesias antiguas designaba una plataforma o tribuna desde la cual se proclamaban las lecturas ante la asamblea. La etimología exacta no resulta segura, aunque su asociación con la altura expresa bien su disposición habitual y su función pública.1
El ambón no es solo un soporte para un libro ni un recurso práctico para que el lector pueda ser oído. Representa un espacio propio de la celebración: desde allí, la Palabra de Dios se dirige a la comunidad reunida. Por eso, su forma y emplazamiento deben facilitar la atención de los fieles y permitir que los lectores y ministros sean vistos y escuchados con claridad.2,3


