El término no designaba un sistema doctrinal perfectamente delimitado. En la controversia, agrupaba varias propuestas acerca de la evangelización, la autoridad eclesial y la vida espiritual. León XIII no condenó la cultura estadounidense en cuanto tal, sino las opiniones que, bajo ese nombre, podían alterar la enseñanza católica o debilitar la unidad de la Iglesia.
Adaptación de la doctrina y la disciplina
La carta rechazó la idea de que, para atraer a los no católicos, la Iglesia debiera acomodar el contenido de la fe a las ideas dominantes de la época. León XIII censuró tanto el silencio deliberado sobre enseñanzas consideradas incómodas como su reformulación de manera que perdieran el sentido que la Iglesia siempre les había atribuido.
La carta distinguió, sin embargo, entre la doctrina y las normas prácticas de vida cristiana. La Iglesia puede adaptar determinadas prácticas a las circunstancias, las costumbres y las necesidades de los pueblos, siempre que conserve íntegra la ley divina y que tales cambios respondan al juicio de la autoridad eclesial, no a decisiones particulares.,
Libertad y autoridad eclesial
León XIII rechazó que la libertad civil justificara una libertad equivalente para que cada católico siguiera su propio criterio en materia de fe y vida eclesial. La libertad política pertenece a un ámbito distinto de la autoridad doctrinal de la Iglesia; por ello, la defensa de las instituciones libres no podía convertirse, según la carta, en una razón para reducir la autoridad de los obispos o la vigilancia doctrinal.,
La respuesta pontificia vinculó esta cuestión a la unidad de la Iglesia. El papa sostuvo que la Iglesia católica es una en la doctrina y en el gobierno, y advirtió contra la pretensión de crear una Iglesia estadounidense distinta de la que existe en los demás países.,
Vida interior, gracia y virtudes
La discusión alcanzó también a la espiritualidad. La crítica católica al americanismo se dirigió contra una visión que concedía primacía a la iniciativa individual y a la acción exterior, en detrimento de la gracia, la vida interior y la santidad.
Testem benevolentiae negó que la dirección espiritual hubiera perdido importancia por una supuesta abundancia especial de las inspiraciones del Espíritu Santo en los tiempos modernos. Según la carta, esas inspiraciones requieren discernimiento, y la dirección de otras personas puede ayudar al cristiano a reconocerlas y seguirlas.
León XIII también rechazó que las virtudes naturales -las cualidades humanas que pueden cultivarse mediante el esfuerzo y la educación- recibieran una valoración superior a las virtudes sobrenaturales, que dependen de la gracia. La objeción no implicaba despreciar las virtudes humanas, sino negar que bastaran por sí solas para expresar la plenitud de la vida cristiana.