En la teología católica, la amistad trasciende el mero afecto humano para convertirse en una participación en la vida divina. Se define como un amor de benevolencia, que busca el bien del otro por sí mismo, anclado en la virtud y la comunidad de vida.5 Santo Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles y Cicerón, la describe como perfecta cuando une a personas buenas en virtud, siendo inmutable porque se funda en lo esencial del ser humano.6
Esta noción eleva la amistad a un plano sobrenatural: no es solo un lazo natural, sino un reflejo de la amistad con Dios, iniciada en la creación y restaurada por Cristo.7 La virtud de la castidad la integra en la vida cristiana, brotando en la amistad con el prójimo, sea del mismo o diferente sexo, como promesa de inmortalidad y comunión espiritual.2
