El precepto del amor al prójimo tiene profundas raíces en el Antiguo Testamento, donde ya se instaba a los israelitas a amarse mutuamente. La Escritura en Levítico 19:18 declara: «No te vengarás ni guardarás rencor contra los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo»1,2. Inicialmente, este mandamiento parecía restringido al pueblo de Israel, pero gradualmente se amplió para incluir a los extranjeros que residían entre ellos, recordando que Israel también fue forastero en Egipto1,3. La Ley Mosaica incluso exigía dejar una porción de la cosecha para los pobres y los extranjeros, y tratar con compasión y respeto a los miembros más vulnerables de la sociedad, como las viudas, los huérfanos y los forasteros4.
En el Nuevo Testamento, este amor adquiere un sentido claramente universal y se convierte en un mandamiento supremo. Jesús lo eleva al nivel de un precepto sin límites, extendiéndolo incluso a los enemigos (Mateo 5:43-47)1,5. Él enseña que el amor al prójimo es una imitación y extensión de la bondad misericordiosa del Padre celestial, quien provee para las necesidades de todos sin distinción1. Los dos mandamientos del amor —amar a Dios y amar al prójimo— son la síntesis de la ley y los profetas (Mateo 22:40), y solo quienes los cumplen están cerca del Reino de Dios (Marcos 12:28-34)1,6.
La parábola del Buen Samaritano (Lucas 10:29-37) ilustra de manera contundente quién es nuestro prójimo1,7,8,9. Jesús demuestra que el prójimo es aquel a quien debemos ayudar en su necesidad, sin importar su origen étnico o social, derribando prejuicios y promoviendo una fraternidad abierta a todos sin excepción5,7,8. San Pablo también subraya la universalidad de este mandamiento, afirmando que «el amor no hace mal al prójimo; así que el amor es el cumplimiento de la ley» (Romanos 13:9-10)8,10.
