El término «anatema» proviene del griego ἀνάθεμα (anáthema), que significa «ofrenda dedicada» o «cosa separada». En su uso original, podía referirse a algo consagrado a Dios, ya sea para bien (una ofrenda votiva) o para mal (algo maldito y destinado a la destrucción). Esta dualidad se encuentra en el Antiguo Testamento griego (la Septuaginta), donde la palabra traduce el hebreo ḥērem, que denota tanto una dedicación santa como una prohibición o destrucción total de personas o cosas consideradas impías.
En el Nuevo Testamento, el apóstol Pablo utiliza el término con un sentido más definido de maldición o exclusión. Por ejemplo, en Gálatas 1:8-9, dice: «Si alguien os predica un evangelio diferente del que habéis recibido, sea anatema»1. Aquí, el anatema implica una condenación solemne para aquellos que pervierten la fe cristiana, indicando una separación radical de la comunidad de creyentes y de la gracia divina.

