Principio fundamental: el derecho a respeto y cuidado
La respuesta cristiana ante una condición gravísima no se reduce a técnicas médicas, ni se limita a «cuánto tiempo» se vivirá. El magisterio enseña que, en las fases finales, los niños tienen derecho al respeto y cuidado debidos a las personas.
En ese mismo marco, se recomienda evitar:
tratamientos médicos agresivos no proporcionados;
una obstinación terapéutica irrazonable;
y, sobre todo, cualquier forma de aceleración intencional de la muerte.
La clave está en el equilibrio moral: puede ser lícito retirar terapias que ya no beneficien, pero no puede convertirse el abandono en «solución».
«Cuidados de acompañamiento» más que «intervenciones para curar»
El documento sobre el cuidado en las fases críticas y terminales insiste en que «cuidar» no es equivalente a «curar». Cuando se suspenden terapias porque ya no benefician a un paciente incurable, deben mantenerse tratamientos que sostienen funciones esenciales mientras el organismo pueda beneficiarse, incluyendo medidas proporcionadas como hidratación, nutrición, control térmico y apoyo respiratorio proporcionado.
Además, se afirma expresamente que el deseo de evitar tratamientos excesivamente tenaces no debe llevar a retirar el cuidado; la vía del acompañamiento hasta el momento de la muerte debe permanecer abierta.
Este criterio es especialmente relevante para la anencefalia, pues con frecuencia se plantea que la medicina disponible no puede garantizar una curación. Aun así, sigue existiendo un deber grave: ofrecer asistencia integral, que abarque dimensiones fisiológicas, psicológicas, afectivas y espirituales.
Niños con malformaciones: nunca «sin asistencia»
La Congregación para la Doctrina de la Fe afirma que, desde la concepción, los niños con malformaciones u otras patologías son «pequeños pacientes» que deben poder ser asistidos y acompañados de modo respetuoso con la vida.
También indica que los niños que presentan patologías prenatales consideradas «incompatibles con la vida» (con final seguro a corto plazo) no deben quedar sin ayuda: deben acompañarse como cualquier otro paciente hasta la muerte natural, mediante una ruta de cuidados integrados junto al personal médico y la atención pastoral, con la presencia constante de la familia.
En el caso de la anencefalia, esta perspectiva impide que la fragilidad se transforme en excusa para la indiferencia. Lo que la doctrina cristiana propone es un modelo de medicina que humaniza: el niño no es abandonado.