La Biblia presenta a los animales como manifestaciones de la sabiduría y bondad de Dios, integrados en el orden de la creación desde los inicios del mundo. En el libro del Génesis, Dios crea los animales del mar, del cielo y de la tierra, declarando que son «buenos» en su conjunto, y encomienda al hombre un dominio sobre ellos que no es de explotación despótica, sino de custodia amorosa.3
Los animales intervienen en momentos clave de la historia de la salvación: el serpiente en el paraíso como tentador, las bestias en el arca de Noé como símbolo de preservación divina, o el burro de Balaam que habla para revelar la voluntad de Dios. En los Salmos, se invita a todas las criaturas a alabar al Señor: «Alabad al Señor de las bestias del campo, de los reptiles y de las aves» (cf. Sal 148). Los profetas evocan imágenes de paz mesiánica donde «el lobo habitará con el cordero» (Is 11,6), prefigurando la armonía restaurada por Cristo.4
En el Nuevo Testamento, Jesús utiliza parábolas con animales —como la oveja perdida o el buen pastor— para ilustrar la misericordia divina. San Pablo recuerda que «toda la creación gime» esperando la redención (Rm 8,22), subrayando su participación en el misterio pascual.
