La Iglesia entiende que los animales forman parte de la creación querida por Dios y que reciben su providencia. Su existencia no depende solo de la utilidad que tengan para las personas: por el hecho de existir, dan gloria a Dios. De esta convicción nace el deber humano de tratarlos con bondad y gratitud. El Catecismo de la Iglesia Católica recuerda, como ejemplos de esa actitud, la delicadeza de san Francisco de Asís y san Felipe Neri hacia los animales.1
La doctrina católica mantiene, al mismo tiempo, una diferencia entre los seres humanos y los animales: solo el ser humano ha sido creado a imagen de Dios. La autoridad humana sobre los animales, por tanto, no equivale a un poder ilimitado. Es una responsabilidad recibida, de la que las personas deben responder ante Dios, señor de la creación.2
Esta perspectiva evita dos extremos. Por un lado, rechaza el desprecio y el maltrato de los animales; por otro, no los equipara a las personas ni convierte su cuidado en una obligación idéntica a la debida a los seres humanos. La tradición católica sostiene que el trato compasivo hacia los animales es un deber moral, pero también advierte contra una preocupación desproporcionada que descuide deberes humanos más importantes.3

