La consagración privada
La consagración privada corresponde al acto de una persona, una familia, una asociación o una comunidad concreta que se entrega voluntariamente al Sagrado Corazón. Su finalidad inmediata consiste en reconocer la soberanía de Cristo sobre la propia vida y ordenar las decisiones personales conforme a su verdad y a su amor.
En la perspectiva de León XIII, esta consagración no es una fórmula vacía. La persona ofrece a Cristo su voluntad y su afecto, reconoce que todo cuanto posee procede en último término de Dios y expresa el deseo de vivir bajo el señorío de Jesús.
La consagración privada conserva, por tanto, un carácter esencialmente libre. Nadie puede consagrar auténticamente su corazón si actúa contra su voluntad. La dimensión exterior -una oración, una fórmula, una imagen o una celebración- adquiere sentido cuando manifiesta una adhesión interior a Cristo.
La consagración pública
La consagración pública añade una dimensión comunitaria y visible. León XIII quiso que los fieles de todo el mundo realizaran el acto el mismo día, de modo que las plegarias de numerosos pueblos formasen una única manifestación universal de fe y de obediencia a Cristo.
El Papa ordenó que los días 9, 10 y 11 de junio se rezasen determinadas oraciones en las iglesias principales de ciudades y pueblos. También dispuso que la letanía del Sagrado Corazón, aprobada por su autoridad, acompañase las oraciones y que el último día tuviera lugar la recitación de la fórmula de consagración enviada a los obispos.
La consagración pública no elimina la responsabilidad personal. La acción universal de la Iglesia alcanza su plenitud cuando cada fiel participa con una adhesión consciente. La dimensión colectiva expresa que el señorío de Cristo no afecta únicamente a la intimidad de los creyentes, sino también a la vida común de los pueblos.
La consagración universal del género humano
La originalidad de Annum Sacrum reside en que León XIII no propone únicamente la consagración de los católicos. El Papa extiende su intención a todo el género humano, porque todos están sometidos a Cristo por su filiación divina y por su obra redentora.
León XIII encomienda al Sagrado Corazón a quienes conocen y aman a Cristo, a quienes conocen a Cristo pero descuidan sus mandamientos y a quienes todavía viven en la oscuridad de la superstición. Para los primeros pide un aumento de la fe y del amor; para los segundos, la reavivación de la caridad; para los últimos, la gracia de llegar a la fe y a la santidad.
La fórmula universal posee así un carácter misionero. No declara que todas las personas hayan aceptado subjetivamente a Cristo, sino que las encomienda a su poder salvador y expresa el deseo de que todos lleguen a reconocerlo y a vivir conforme a su voluntad. La universalidad de la consagración deriva de la universalidad de la redención y de la realeza de Cristo.