El Año litúrgico no constituye una simple conmemoración cronológica de acontecimientos pasados. La Iglesia distribuye a lo largo del año el único misterio de la salvación para que los fieles entren progresivamente en él y reciban sus frutos espirituales. El Concilio Vaticano II enseña que, al recordar los misterios de la redención, la Iglesia hace accesibles para todos los tiempos las riquezas y los méritos de Cristo, de modo que los fieles puedan recibir la gracia salvadora.1
La celebración litúrgica posee, por tanto, una dimensión teológica, sacramental y pastoral:
- Teológica, porque tiene como centro la obra salvadora de Jesucristo.
- Sacramental, porque la liturgia no ofrece solo un recuerdo intelectual, sino la celebración actual del misterio de la salvación.
- Pastoral, porque forma a los fieles mediante la Palabra de Dios, la oración, la penitencia, las obras de misericordia y las prácticas espirituales.2
El ciclo litúrgico presenta una estructura dinámica: parte de la espera del Salvador, celebra su nacimiento, conduce hacia la Pascua, prolonga la alegría pascual y culmina en la esperanza de la venida definitiva del Señor. Esta estructura no divide a Cristo en episodios independientes, sino que muestra la unidad de su único misterio redentor.



