Primeros siglos del cristianismo
Durante los primeros siglos, la hostilidad contra los cristianos no siempre fue específicamente anticatólica, porque todavía no existía una división confesional semejante a la moderna. Las autoridades romanas sospechaban de los cristianos por su negativa a participar en determinados cultos públicos y por su estructura comunitaria independiente.
La Iglesia primitiva respondió a la oposición mediante la fidelidad religiosa, el testimonio de los mártires y la caridad hacia la sociedad. Bruce D. Marshall recuerda que las comunidades cristianas atendían a enfermos y enterraban a los muertos sin limitar la ayuda a sus propios miembros, una práctica que sorprendía a la sociedad romana.
Reforma protestante y conflictos confesionales
La Reforma protestante del siglo XVI dividió la cristiandad occidental. En diversos territorios, la controversia teológica quedó unida a luchas dinásticas, guerras civiles y proyectos de construcción nacional.
La propaganda de ambos bandos utilizó imágenes simplificadas del adversario. En territorios protestantes, el catolicismo fue presentado a menudo como una amenaza extranjera, absolutista o enemiga de la libertad. En territorios católicos también existieron representaciones injustas de los reformados y de otras comunidades cristianas.
El conflicto confesional dejó una herencia de prejuicios que sobrevivió a las causas políticas iniciales. Newman describió la persistencia de una tradición social inglesa que asociaba automáticamente la historia nacional con juicios favorables al protestantismo y desfavorables al catolicismo.
Ilustración, liberalismo y secularización
La Ilustración criticó las estructuras tradicionales de autoridad y promovió una nueva concepción de la ciudadanía. Parte de esa crítica se dirigió contra las Iglesias y contra la influencia del clero en la educación, la legislación y la vida política.
El liberalismo político permitió en muchos lugares una mayor libertad religiosa, aunque algunas corrientes identificaron la emancipación civil con la reducción de la presencia católica. En Estados Unidos, la combinación entre una cultura protestante mayoritaria, determinadas corrientes democráticas y una visión racionalista de la religión favoreció una corriente anticatólica persistente.
La relación entre democracia y catolicismo, sin embargo, no resulta necesariamente contradictoria. La doctrina social católica anima a los fieles a trabajar por el bien común de toda la sociedad, incluidos los no católicos, mediante obras de misericordia y participación responsable.
Siglos XIX y XX
La industrialización, los nacionalismos y la expansión de los Estados modernos modificaron la posición pública de la Iglesia. En algunos países, los Gobiernos restringieron órdenes religiosas, confiscaron bienes eclesiásticos o limitaron la enseñanza católica.
En otros lugares, la Iglesia pudo desarrollar una amplia red de escuelas, hospitales, universidades, parroquias y asociaciones. La hostilidad externa impulsó a veces una mayor cohesión interna, aunque también produjo aislamiento y desconfianza mutua.
El anticatolicismo no siguió una trayectoria uniforme. Algunas sociedades pasaron de la persecución abierta a la tolerancia jurídica; otras sustituyeron la violencia por restricciones administrativas, prejuicios culturales o exclusión de la vida pública.
Época contemporánea
Actualmente, el anticatolicismo puede adoptar formas tradicionales o nuevas. Las sociedades democráticas reconocen generalmente la libertad religiosa, pero la protección jurídica no elimina los prejuicios sociales ni las agresiones contra edificios, símbolos o personas.
La crítica contemporánea suele concentrarse en cuestiones como la moral sexual, la defensa de la vida, el papel de la mujer, el celibato sacerdotal, la educación religiosa, la relación entre Iglesia y política o la respuesta institucional a abusos cometidos por miembros del clero.
Estas materias admiten un debate público legítimo. La Iglesia reconoce la gravedad de los delitos cometidos por algunos de sus miembros y la obligación de proteger a las víctimas y administrar justicia. Bruce D. Marshall advierte que las actuaciones civiles contra responsables de abusos pueden ser justas, aunque en ciertos casos sus motivaciones puedan combinar la búsqueda de justicia con la animosidad contra la fe católica.