Primeras formas de canto alternado
Las comunidades cristianas heredaron de la tradición judía el canto de los salmos, pero desarrollaron modalidades propias de participación. La alternancia entre grupos y la respuesta del pueblo permitieron cantar textos extensos sin convertir la celebración en una recitación exclusivamente solista.
Con el tiempo, una fórmula breve pudo repetirse después de cada versículo. La repetición facilitaba la participación de quienes no conocían todo el salmo y ofrecía una síntesis temática del texto. En algunas tradiciones, las estrofas añadidas llegaron a reducir el salmo a unos pocos versículos o incluso a uno solo.
Tradición monástica
La tradición monástica desarrolló profundamente el canto antifonal, especialmente en la celebración coral del Oficio Divino. Los monasterios organizaron la recitación semanal del salterio y asignaron antífonas a los salmos según el día, la hora y el tiempo litúrgico.
El canto entre dos coros permitía expresar corporalmente la unidad y la alternancia de la comunidad. Cada grupo escuchaba al otro y respondía con el mismo patrimonio bíblico. La antífona servía, además, para relacionar el salmo con la fiesta celebrada y para evitar una lectura aislada o meramente individual del texto.
Durante los primeros siglos, la transmisión del repertorio fue principalmente oral. A partir de la Alta Edad Media comenzaron a aparecer manuscritos que reunían textos y melodías. La notación musical evolucionó desde signos colocados sobre el texto hasta sistemas con líneas, y en el siglo XIII se difundió la notación cuadrada.
El antifonario
El antifonario es el libro litúrgico que contiene las antífonas y otros cantos del Oficio Divino. En la tradición romana, desempeñó una función semejante a la del gradual respecto de los cantos de la misa: proporcionaba los textos musicales que los libros principales no siempre incluían con notación.
El antifonario podía reunir cantos del Propio del Tiempo, del Propio de los Santos, de los comunes, de los domingos y de las ferias. La organización del repertorio no fue idéntica en todas las regiones. La síntesis franco-romana del siglo IX integró elementos romanos y galicanos, pero conservó variantes locales en el orden y en determinados textos.
En la Edad Media, el antifonario fue adquiriendo una configuración más estable. Durante el siglo XIV llegó a fusionarse con otros libros del Oficio para formar el breviario, aunque el antifonario independiente continuó utilizándose durante siglos.
Reforma litúrgica moderna
La reforma litúrgica impulsada en el siglo XX promovió una participación más amplia de la asamblea, el uso de las lenguas vernáculas y una mayor adaptación de los textos y melodías a las diversas comunidades. La renovación no eliminó la antífona, sino que precisó su función dentro de la celebración.
En la Liturgia de las Horas reformada, las antífonas continúan enmarcando los salmos y reciben especial desarrollo en los tiempos fuertes. En la misa, los textos propios conservan su valor litúrgico, aunque las normas actuales permiten diversas formas de canto de entrada, incluida la antífona con salmo, el canto responsorial y otras composiciones adecuadas al momento ritual.
La reforma también favoreció repertorios más sencillos, como los destinados a la participación común, sin abandonar el canto gregoriano ni otros repertorios tradicionales. La complejidad musical del Graduale Romanum puede exigir un coro preparado, mientras que repertorios más sencillos facilitan la intervención de toda la asamblea.