La transmisión inicial del repertorio dependió en gran medida de la memoria y la enseñanza oral. Las fuentes manuscritas antiguas conservadas comienzan a ofrecer pruebas más claras a partir de los siglos VIII y IX. Algunos de los antifonarios más antiguos no llevan notación musical: conservan las palabras, mientras los cantores recuerdan las melodías por tradición. Un manuscrito de Compiègne, fechado entre 860 y 880, figura entre los primeros testimonios del Oficio sin notación; el antifonario de Hartker, de finales del siglo X o comienzos del XI, es uno de los manuscritos notados más antiguos de esa tradición.,
Durante el siglo IX comenzó a extenderse la escritura de signos musicales llamados neumas sobre el texto. Más adelante, los copistas incorporaron líneas para precisar las alturas de las notas; en el siglo XIII se difundió la notación cuadrada. Estos cambios facilitaron la transmisión escrita de las melodías y modificaron la presentación material de los antifonarios.,
El repertorio no nació como una colección acabada de una sola vez. Los libros reunieron y ordenaron cantos que habían circulado en distintas tradiciones, y cada diócesis o monasterio podía desarrollar variantes propias. La síntesis carolingia del siglo IX combinó elementos romanos y francos, y la evolución posterior produjo diferencias regionales en textos, melodías y ordenación. Las órdenes religiosas centralizadas, como cistercienses, dominicos y franciscanos, favorecieron cierta uniformidad al emplear ejemplares comunes como modelos para las copias.,,
La relación del antifonario con el canto gregoriano requiere una precisión. La tradición atribuyó al papa Gregorio I la organización de libros de canto, pero los estudios históricos distinguen entre la composición de las melodías y la recopilación o coordinación del repertorio. Una explicación histórica considera que Gregorio contribuyó a ordenar cantos ya existentes, sin que eso signifique que compusiera personalmente todo el repertorio que recibió su nombre.,