Antioquía fue fundada alrededor del año 300 a. C. por Seleuco I Nicátor, uno de los generales de Alejandro Magno, en la orilla del río Orontes, a unos veinte kilómetros de la costa siria. Nombrada en honor a su padre, Antíoco, la ciudad se diseñó como capital del reino seléucida, con un emplazamiento estratégico en la ladera norte del monte Silpio. Rápidamente creció hasta abarcar cuatro barrios amurallados, con una población que superó los quinientos mil habitantes en la época romana.5
Tras la conquista romana por Pompeyo en el 64 a. C., Antioquía se consolidó como metrópolis de Oriente, residencia de los legados provinciales y punto clave en las rutas comerciales entre el Mediterráneo y Persia. Los emperadores romanos la visitaban con frecuencia, y su esplendor arquitectónico incluía teatros, gimnasios y templos paganos. Sin embargo, esta prosperidad urbana contrastaba con tensiones étnicas entre griegos, judíos y sirios, que marcarían su historia cristiana.5,6

