La palabra apostasía procede de un término griego relacionado con apartarse o abandonar una posición. En su uso teológico más estricto, designa el abandono completo y voluntario de la fe cristiana por parte de quien la había recibido. La persona que apostata puede adherirse a otra religión, declararse atea o adoptar una postura que excluya la fe cristiana; el rasgo definitorio no es la religión o filosofía que adopte después, sino el repudio total de la fe.4
El Código de Derecho Canónico define la apostasía como la «repudiación total de la fe cristiana». La misma definición aparece en el Catecismo de la Iglesia Católica. El bautismo es relevante porque la apostasía presupone el abandono de una fe cristiana previamente recibida; por ello, en la definición canónica, la apostasía pertenece a la clasificación de las rupturas respecto de la fe y de la comunión eclesial.1,5
La apostasía no consiste simplemente en dejar de practicar, atravesar una crisis de fe o experimentar dudas. Tampoco equivale a disentir de una enseñanza particular, a criticar a miembros de la Iglesia o a dejar de figurar en un registro civil como católico. El concepto apunta al rechazo total de la fe cristiana; para valorar un caso concreto también importan la voluntad de la persona y la manifestación externa de sus actos.1,6,7


