Jesús de Nazaret, enviado por el Padre, llamó a doce de sus discípulos y los designó como sus Apóstoles, convirtiéndolos en testigos elegidos de su Resurrección y en el fundamento de su Iglesia2. El origen del apostolado radica en una vocación especial y un nombramiento formal del Señor para un oficio determinado, con autoridad y deberes específicos1.
La Elección de los Doce
Los Evangelios Sinópticos (Marcos 3:13-19, Mateo 10:1-4, Lucas 6:12-16) relatan la elección de los Doce Apóstoles con formulaciones muy similares, lo que indica una tradición antigua y ampliamente difundida1. Este acto no fue una mera selección de ayudantes, sino el establecimiento de un colegio apostólico para gobernar la Iglesia5. El número doce simboliza la continuidad con las doce tribus de Israel y la vocación universal de su ministerio para llevar la salvación a todos los confines de la tierra6,7.
Condiciones para el Apostolado
Para desempeñar el oficio apostólico, era necesario haber sido instruido por Jesús y haber sido testigo del Señor resucitado1. La narrativa de la elección de Matías para reemplazar a Judas Iscariote en el colegio apostólico subraya estas condiciones: el elegido debía haber acompañado a Jesús desde el bautismo de Juan hasta su ascensión y ser testigo de su Resurrección1,3,8,9. Pablo, aunque llamado de manera extraordinaria, siempre enfatizó haber visto al Señor resucitado para vindicar su autoridad apostólica1.
