Propiedad legítima de lo apostado
La persona debe tener la libre disposición del dinero o del bien que arriesga. Nadie puede apostar legítimamente bienes ajenos ni cantidades confiadas para una finalidad determinada.
Resulta ilícito, por ejemplo, utilizar dinero de un cliente, de una asociación o de una empresa sin autorización. También resulta moralmente desordenado apostar los recursos necesarios para la alimentación, la vivienda, la educación, la atención médica o el cumplimiento de obligaciones familiares. La tradición teológica considera injusto que alguien arriesgue bienes que no puede disponer libremente, como los pertenecientes a menores o a personas incapacitadas.,
Libertad suficiente
El consentimiento debe ser libre. Una persona no actúa legítimamente cuando apuesta bajo amenazas, engaños, coacciones o una presión social que anula de hecho su capacidad de decidir.
La libertad también exige valorar la posible dependencia. Una persona puede conservar formalmente la capacidad de elegir y, sin embargo, haber adquirido un hábito tan arraigado que apenas logra resistirlo. En ese caso, la responsabilidad moral puede disminuir según el grado de dependencia, pero la obligación de buscar ayuda y evitar nuevas ocasiones de daño permanece.
Honestidad y ausencia de fraude
Toda apuesta exige claridad sobre aquello que está en juego y sobre las reglas aplicables. El engaño, la manipulación de resultados, las cartas marcadas, la ocultación fraudulenta de información relevante y el incumplimiento deliberado del pago lesionan la justicia.
Las destrezas propias del juego no equivalen por sí mismas a fraude. Forma parte de determinados juegos reservar legítimamente información al adversario o utilizar estrategias permitidas por las reglas. En cambio, alterar clandestinamente las condiciones del juego o aprovecharse de una falsedad constituye una conducta injusta.,
Proporción y equidad
La relación entre los participantes debe mantener una equidad razonable. Resulta injusto aprovecharse de la ignorancia, la inexperiencia, la vulnerabilidad o la incapacidad de otra persona.
La teología moral clásica considera injusto que jugadores expertos atraigan a principiantes sin experiencia para quitarles fácilmente su dinero. El consentimiento exterior del perdedor no convierte automáticamente en justa una operación basada en una desigualdad abusiva o en una manipulación deliberada.
Finalidad honesta
Una apuesta puede acompañar una actividad recreativa o servir como forma limitada de entretenimiento. También puede resolver amistosamente una pequeña discusión cuando ambas partes aceptan de antemano el resultado.
La finalidad cambia moralmente el acto cuando la apuesta pretende financiar una vida ociosa, alimentar la codicia, provocar la ruina de otro o convertir la incertidumbre en un medio habitual de enriquecimiento. Una apuesta no deja de ser desordenada porque produzca ganancias ocasionales; la pregunta decisiva afecta al modo de obtenerlas y a los daños que causa.