La sabiduría divina se presenta como el conocimiento más profundo y abarcador de Dios, que incluye tanto los principios universales accesibles a la razón natural como los dogmas más recónditos que solo Él ha manifestado1. Esta sabiduría no es simplemente una cualidad de Dios, sino la esencia misma de su ser, a través de la cual creó los siglos y en la cual se consuma toda la revelación1,2. El apóstol Pablo, al hablar de la gracia y la verdad que vinieron por Jesucristo, afirma que se habla de la sabiduría de Dios en misterio, oculta y desconocida para los príncipes de este mundo, pero revelada por Dios a través de su Espíritu1. El Espíritu Santo escudriña todo, incluso las profundidades de Dios, lo que demuestra que solo el Espíritu de Dios conoce las cosas de Dios1.
Los Padres de la Iglesia, al transmitir la doctrina eclesiástica, distinguieron consistentemente entre la noción de las cosas divinas que es común a la inteligencia natural y el conocimiento de esas cosas que se recibe por la fe a través del Espíritu Santo1. Insistieron en que por la fe se revelan en Cristo misterios que trascienden no solo la filosofía humana, sino incluso la inteligencia natural angélica1. Aunque estos misterios son conocidos por revelación divina y aceptados por la fe, permanecen cubiertos por el velo sagrado de la fe y envueltos en una densa oscuridad mientras peregrinamos en esta vida mortal1.
