La Archidiócesis de Buenos Aires constituye una Iglesia particular con rango de sede metropolitana: esto significa que, además de la misión propia de una diócesis, desempeña un papel de referencia en la comunión eclesial y en el acompañamiento de otras circunscripciones cercanas. En la tradición eclesial, el oficio del metropolitano se vincula al signo de unidad con la Sede de Pedro, expresado, entre otros modos, mediante el rito de la recepción del pallium por los arzobispos metropolitanos.1
La vida de la arquidiócesis se comprende mejor cuando se mira su tarea específica: anunciar el Evangelio, formar a los fieles, sostener la unidad de la fe y servir a los hermanos, especialmente en las circunstancias concretas de la ciudad y del país. Este estilo pastoral se ve reflejado en el modo con que el Obispo de Roma ha valorado la «vitalidad» de las Iglesias particulares y la fidelidad a la unidad eclesial que nace en la Sede de Pedro.2
