Provincia eclesiástica y comunión de sedes
Como sede metropolitana, la Archidiócesis de Durango mantiene vínculos de comunión eclesial con las diócesis sufragáneas. En la síntesis histórica se indica que esas sufragáneas son Sonora, Chihuahua y Sinaloa.
En el mismo marco, la referencia histórica a las provincias eclesiásticas de México enumera la Provincia de Durango, incluyendo la propia sede de Durango, Sonora (con residencia episcopal en Hermosillo), Sinaloa (con residencia episcopal en Culiacán) y Chihuahua, y se menciona además una entidad apostólica con residencia en La Paz, como parte de la configuración eclesiástica del conjunto.
Clero, vocaciones y formación (en clave diocesana)
En la enseñanza pontificia dirigida a la comunidad eclesial de Durango, se subraya la necesidad de sacerdotes santos y de hombres de Dios que sepan servir a los hermanos en las cosas de Dios. En palabras atribuidas al papa Juan Pablo II, se afirma: «México necesita sacerdotes santos! México necesita hombres de Dios…» y se invita a ser esos hombres.
Esta llamada se inserta en la perspectiva de que una Iglesia particular debe cuidar la formación y el impulso vocacional, de modo que los candidatos puedan crecer en un ambiente coherente con la vida cristiana de la comunidad. En un texto dirigido a obispos (aplicado a la realidad de las Iglesias particulares), se insiste en la importancia de disponer de centros de acogida y formación para los candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa, y se destaca que también es «imprescindible cuidar la pastoral familiar» para que las vocaciones encuentren su «ambiente natural».
Por ello, la pastoral diocesana no se limita a acciones puntuales, sino que procura formar toda una red de vida cristiana, especialmente en torno a la familia y a la educación.
Papel de los laicos y misión en el mundo
La comunión eclesial incluye la participación real de los laicos. En un discurso dirigido a fieles reunidos en Durango, se habla de la pertenencia de los laicos a un pueblo «distinguido por su fe profunda, sobre todo mariana», así como por su fidelidad a la Iglesia y su vínculo espiritual con el Sucesor de Pedro, recordando que esas fidelidades fueron puestas a prueba, pero se convirtieron, con la gracia de Dios y la ayuda de María, en momentos de mayor fecundidad.
En la misma línea, se subraya que la misión de la Iglesia no consiste solo en comunicar un mensaje y gracia, sino también en impregnar y perfeccionar el orden de las realidades temporales con el espíritu evangélico. Se afirma que la pastoral diocesana debe dirigirse especialmente a los laicos —por su sacerdocio bautismal— para que asuman un compromiso con la vida eclesial y social.
Además, se insiste en que los laicos, convenientemente asistidos, deben colaborar generosamente en tareas parroquiales y diocesanas: catequesis, asistencia caritativa y promoción social, pero ante todo deben dar testimonio de vida cristiana para que sus familias sean «el primer centro de evangelización».